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       'Me llamo Sebastián Rigo y actualmente tengo 77 años. Mi encuentro con la hermana Concepción se produjo a raíz de un amigo. Él se encargaba de proporcionar y arreglar los audífonos de las hermanas del convento de las Carmelitas. Este amigo fue el que me pidió por favor que fuese al Convento para realizar un trabajo de prótesis a una monja viejecita que no podía caminar. En aquellos años yo tenía un laboratorio protésico dental y ya no acostumbraba a hacer visitas a domicilio pero, en este caso, fui... Reconozco que el traspasar el umbral de las puertas del Convento de clausura me produjo curiosidad, pasar del exterior de la calle al interior de un convento de clausura no es algo que hiciese todos los días. Una monja me acompañó hasta la celda de Sor Concepción. Cuando entramos en la estancia nos la encontramos sentada en una silla, ya no sólo con su saludo me sorprendió la serenidad y amabilidad que desprendía esa mujer tan anciana. La visita creo recordar que fue en el año 93 y no se exactamente la edad que tenía en ese momento la hermana Concepción. 
 
      Su sonrisa irradiaba una alegría contagiosa y  me llamaba mucho la atención su piel fina, me parecía una muñeca de porcelana y me recordaba a las representaciones que se hacen de la Virgen María. Le explicaron que el motivo de mi visita era para mirarle la boca y ella me dijo: 'No hace falta Sebastián, no merece la pena yo ya soy muy mayor...' 
Cuando comenzamos a conversar, una vez más, me quedé sorprendido de la personalidad de Sor Concepción. Era maravillosa la humildad que desprendía con sus palabras, humilidad sabiamente mezclada con la experiencia y autoridad de una persona mayor que, como luego me explicaron, había sido superiora del convento muchos años. Cuando por fin accedió a enseñarme su boca y vi aquello dije:
-'¡Madre mía...! los aparatos de prótesis que llevaba estaban rotos, las piezas dentales que le quedaban estaban mucy deterioradas y yo le pregunté ¿pero hermana cómo puede comer con la boca así?. 
-Ella me contestó: 'Bueno... con paciencia... poco a poco". 
Yo insistía en que debíamos arreglar todo eso y hacerle una prótesis nueva para que pudiese comer sin hacerse daño y ella insistía en que no merecía la pena, que no me molestase y que lo podía dejar como estaba que le iba bien así...  A pesar de sus palabras, yo profesionalmente, entendía que aquellos aparatos rotos que claramente se le clavaban en las encías, le tenían que producir un dolor muy difícil de soportar e insistí en arreglar aquel desaguisado. No sin mucho insistir, finalmente accedió a que le arreglase sus protésis. 
 
         Durante todo el proceso, en que me ayudó mi hija que se ocupó como dentista de la parte clínica de su boca, Sor Concepción nos maravilló con su bondad, con su disposición que lograba que nos sintiésemos cómodos en un entorno que no nos resultaba nada familiar. Mantengo en la memoria su conversación exquisita y algo que no sé cómo explicar bien. 
 
         Lo que desprendía aquella ancianita encantandora era muy especial. A pesar de su avanzada edad, tenía una especie de luz propia que recuerdo perfectamente a pesar de que hayan pasado más de 15 años. Su sonrisa perenne, su tono de voz cálido y pausado, su piel fina, su humildad, su bondad y sobre todo su humanidad brillaban sin duda como luz propia. 
 
Sebastián Rigo 
10 Diciembre - 2009

 
 
      
 
        'El conocer la madre Concepción fue delicioso, admirable, confortable y lleno de amor. El ver una persona como ella y con tanta jovial entereza a pesar de su edad, es lo que me llevó a pensar seriamente en la labor de las religiosas de clausura. Cosa desoconocida por mí. Esta jovial entereza de esta santa mujer, muy bien podría decirse que era como la de una muchacha cuando entra en el convento para hacer los votos de la congregación, con la misma ilusión y el mismo poderío de juventud.
 
        Lo que más me impresionó de la madre Concepción, fue su humildad; seguramente pensarán ¿cómo puede contactar con esa humilad de una persona que toda su vida vivió en un convento de clausura, y él estando dentro del mundo consumista, caprichoso y todos los calificativos que uno quiera dar, cómo puede ver la humildad de una santa? Pues bien, se notaba tanto en ella, que parecía poderse tocar, se  sentía y se notaba como si de un objeto se tratase. No sé muy bien cómo definirlo, pero allí estaba esa humidldad. Su andar, su hábito, su silencio hicieron en mí ver la humilad que rebosaba de ella. No gustaba que alabasen sus trabajos, pero sí era desosa de alabar los demás en silencio, sin mediar palabraa, te dabas cuenta que alaba tu trabajo, sentías su alabanza en tu interior.
 
        En mayo de 1997, fue la fecha en que por primera  vez entré en la clausura, desde entonces lo fui haciendo a diaria durante un año por motivos de mi trabajo pues soy restaurador de obras de arte y ello me llevó a entrar a la clausura del convento. Estos últimos años de la vida de la Madre Concepción, fueron en los que tuve el honor de conocerla. Irradiaba paz cuando la tenía a mi lado guardando a la M. Maestra o a las novicias que aprendían de mis trabajos. Sentía en ella que las demás religiosas la tenían como modelo de lo que debe de ser una carmelita descalza. Junto a ella se sentía paz, amor, tanquilidad, sentido y sobre todo daba seguridad a vivir una vida en Dios.
 
        Nunca podré olvidar de esta santa la forma en que subía las escaleras del convento, agarrándose del pasamanos con paso frágil y firme para luego coger una silla de madera con ruedecitas, dirigiéndose a la estancia donde solía coser las prendas de la comunidad. Siempre que se cruzaba conmigo en ese trayecto agachaba la cabeza cosa que siempre comprendí, pero lo comprendí como un acto de humillarse ante Dios y no para dejar de saludar. Nunca llegué  a comprende el porqué de sentir este acto como de humillación , pero lo cierto es que así parecía sentir mi entendimiento, mi razón.
 
Leandro Sánchez Boblillo
restaurador 
11 abirl 1999