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"... la conversación con ella, y su misma presencia, tenía "un algo" especial difícil de describir. Me impresionó su señorío y elegancia humana llena de contenido sobrenatural. Aunque en esas fechas se notaba su ancianidad, era palpable la riqueza de sus modales en la forma de tratar, de estar, de dialogar, de preguntar... lo hacía con extraordinaria educación y delicadeza. Nunca hizo una pregunta fruto de la curiosidad, o sobre temas, cuestiones o acontecimientos que pudieran herir o molestar a alguien.
En su porte se advertía una riqueza sobrenatural que se materializaba en la facilidad con que hablaba y enfocaba todo desde una perspectiva sobrenatural, como fruto de una vida llena de Dios, propia de quien tiene una extraordinaria experiencia de Dios. La cercanía en el trato con Dios, y la confianza con que miraba hacia el futuro eran dos imponentes lecciones que se notaban palpablemente solo con verla y tratarla.
Cuando estuve con toda la Comunidad, ella sobresalía por la discreción: no hacía nada que pudiera llamar la atención. Seguía la conversación con interés, con agrado y con la sonrisa de quien disfruta ante cualquier explicación o respuesta. Sabía estar y callar. Pasaba desapercibida. Y en el trato directo con ella pude advertir que en la M. Concepción no se veía la más mínima sombra de interés por lo temporal, por los honores, por los cargos, por lo 'humano'. Yo diría que estaba por encima de todos los honores, cargos, medios humanos etc. No era desprecio, ni desentimiento de este mundo; era superación, propia de quien ha encontrado el Gran Tesoro, y todo lo demás deja de interesar e importar. Vivía la confianza en la Providencia de Dios de una manera ejemplar y llamativa.
Del trato personal con ella quiero subrayar tres aspectos que me llamaron la atención:
- el interés con que escuchaba y recibía cualquier consejo o comentario, ya que lo recibía desde su vertiente altamente sobrenatural, viniera de quien viniera sin hacer distinciones teniendo en cuenta que el predicador o confesor fuera una persona de gran información, o de menos profundidades teológicas; con fama de señor importante, o de mediano prestigio.
- el agradecimiento por cualquier pequeño detalle. Esta gratitud es una evidente muestra de humildad, ya que no alardeaba de nada, y todo lo consideraba don y favor. Me consta que en los últimos años de su vida precisaba de muchas atenciones, también materiales. Ella respondía con una constante actitud de agradecimiento, consciente de la ayuda generosa que estaba recibiendo. Se dejaba querer, y en ningún momento se mostró arisca, molesta o distante y
- la sencillez y naturalidad en el trato, juntamente con una gran cordialidad. La delicadeza y la confianza en el trato, con señorío y respeto, era una constante en su vida.
Por otro conducto, sin que ella me lo manifestara, me enteré de que en esas fechas tenía muchos dolores. Quiero recordar que motivados por problemas traumatológicos. Sin embargo en ella no se advertía el menor detalle o muestra de incomodidad o sufrimiento. Si no fuera por su gran vida interior, no podría compatibilizar el gran dolor, que padecía y la alegre serenidad que dejaba en su rostro.
Otra caracterísitca que noté en ella, y que me llamó poderosamente la atención especialmente a raíz de conocer un poco su biografía y los cargos que había desempeñado en la Comunidad, era la aceptación gozosa con que miraba y recibía a las Superioras, cualquiera que éstas fuesen. En la Priora ella no veía a una religiosa más de la Comunidad; veía al mismo Dios. El respeto y la aceptación afectiva con que se relacionaba con la autroridad era algo evidente. Así se explica que viviera con tanta perfección y finura la virtud de la obediencia.
Otro detalle muy positivo de su vida es el siguiente: En esas fechas en las que yo la conocí y traté era frecuente que en las conversaciones salieran a relucir temas y cuestiones de la vida de los miembros de la Iglesia, y muy particularmente de religiosos, sacerdotes y religiosas. no muy edificantes, aunque se hablara de ellos con la mejor intención y con afán de evitar caer en defectos que lamentábamos verlos en otros. En esta conversación, por muy limpia y delicada que fuera, ella nunca participó. Tenía una gran facilidad para comprender y disculpar los defectos ajenos, sabiendo que eran defectos y deficiencias. El respeto y la delicadeza en el trato eran admirables en ella.
De su vida interior, solamente puedo manifestar algunas pinceladas:
- el alto grado de intimidad con el Señor, concretamente su delicadeza y fervor ante la Eucaristía. Le preocupaba muchísimo que al Señor en la Eucaristía no se le tratara mal. Y sufría muchísimo ante las más pequeñas faltas de delicadeza en el trato con la Eucaristía, en los detalles menos dignos en la forma de celebrar la Misa, y en cualquier detalle relacionado con el Señor. No comentaba nada; se dedicaba a desagraviar silenciosamente, reparando con su entrega lo que advertía que no se daba en otras personas.
-la finura en el trato personal con el Señor, no solamente en la forma de recitar las oraciones vocales; sino en ese otro trato íntimo, sin ruido de palabras y sin frases hechas. Para ella la oración era un verdadero y perfecto diálogo con el Señor, al que trataba con enorme y respetuosa confianza, juntamente con una intimidad y profundidad admirables.
Cada vez que tuve la oportunidad de estar en este Convento, y de tratar a la M. Concepción siempre, desde el primer momento, tuve la impresión de encontrarme con una persona de extraordinaria categoría humana y sobrenatural, propia de una Carmelita santa, llena de calidad de vida, feliz por su extraordinaria fidelidad a la vocación que siempre consideró como un don y una gracia especial de Dios"
M.I. Sr. D. Evencio Cófreces Merino
Deán de la S.I. Catedral Primada de Toledo
Toledo - 22 de abril del 2000 |