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" La M. Concepción era la Priora que me recibió cuando yo entré en 1964, y he tenido ocasión de tratarla bastante pues además fue mi maestra de novicia. 
 
Siempre nos ha dado muy buenos ejemplos y consejos. En sus últimos años de vida me hicieron  ropera y ella  subía cada mañana a la ropería y me ayudaba a zurcir túnicas.
 
En la ropería una hermana le decía: 'voy a pedir a Ntra. Madre que le ponga una silla para que se pueda apoyar la espalda' (pues se sentaba a sus 93 años en un  banquillo bajo),  pero ella decía que no lo necesitaba. 
 
También, en el invierno cuando los pies se quedan congelados, le decía: 'le traeré una tabla para los pies', tampoco nunca la quiso.
 
Era muy puntual al trabajo pero a veces llegaba 10 minutos más tarde y me decía: 'hoy he tenido un 'romagué', y es que algunas hermanas la necesitaban para pedirle consejo en sus problemillas y la paraban a mitad camino. Otras veces venían del santo noviciado para que les ayudase en alguna necesidad, y siempre me pedía permiso y se llevaba el trabajo. Su respuesta invariable era que San Pablo decía que el que no trabaja que no coma. 
 
Tengo una estampa que ella me regaló en mis primeros años y que escribió estas palabras de San Juan de la Cruz que tanto nos repetía y vivía: 'Mi yugo es suave y mi carga ligera, la cual es la Cruz; porque si el hombre se determina a sujetarse y llevar esta cruz que es un determinarse de veras a querer hallar y llevar trabajo en todas las cosas por Dios; en todas ellas hallará grande alivio y suavidad para andar este camino así desnudo sin querer nada'.
 
En las exhortaciones de los capítulos los domingos, cuando era Priora, siempre nos repetía:' Haga en cada momento lo que quisiera haber hecho en la hora de la muerte'.
 
Cuando me hicieron enfermera pude ver y apreciar su fortaleza y valentía heroica en sus enfermedades. Una vez le costaba mucho caminar y los médicos le dijeron que tenía un poco de reuma en la pierna; ella subía y bajaba escaleras para ir a misa, para hacer la lectura en el púlpito del refectorio... resultó que este reuma que le duró muchos días era una cadera rota que tuvieron que operar y ponerle una prótesis".
 
Hna. Mª A. del S. C. de Jesús

 
 
 
         "La M. Concecpción era muy abnegada. En los trabajos más duros y pesados era siempre la primera en acudir. Se daba a lo más costoso.
 
          Era muy humilde. No la vi ni oí nunca discutir con nadie. nunca se excusaba.
 
         Decía que cuando estaba en su casa era muy perezosa en levantarse. Tanto era así que cuando oía el timbre del profesor de pintura que llegaba para darle clases, entonces se levantaba de la  cama. En cambio cuando yo era novicia y ella maestra, no acababa de oir el primer sonido del despertador cuando yo oía desde nuestra celda, contigua a la suya, que daba un salto de la tarima, y nos despertaba dando las tablillas. 
 
         Me fijé desde que entré en el convento, que para la oración en el coro y durante muchos años siempre se servía de un solo libro: 'Formación en la humildad'. Se ve que a ella es lo que más le atraía.
 
       Me acuerdo de cuando una monja dejaba como inservible algo, ella lo remendaba y lo utilizaba.
 
       Nos decía para animarnos en las dificultades que tuviésemos, que habíamos de querer "más" y así se nos haría todo poco. 
 
       Era muy mortificada y no hacía caso de sus sufrimientos, siempre quería "más", tal como nos lo decía. Así por ejemplo, el día qeu tuvo un vómito de sangre, estaba arrodillada en el coro y ¡cómo se debería encontrar! No le dio la menor importancia queriendo seguir inmediatamente a la Comunidad que en aquel momento se dirigía hacia el refectorio para la colación. Una hermana con gran énfasis le ponderaba la sangre que llevaba en la toca y escapulario, porque ella hacía como si nada hubiese ocurrido y quería a toda costa seguir la observancia regular. Si esta hemorragia la hubiese tenido en la celda, se habría cambiado la toca y escapulario, sin más y nadie se hubiese enterado del suceso.
 
      Como no se quejaba nunca de nada, y decía que nada le costaba, una Hna. solía repetir: "La M. Concecpión en el cielo tendrá una corona de latón". 
 
       La M. Concepción era 'el paño de lágrimas' de toda la Comunidad. de todas y cada una de las monjas, incluídas las Prioras. Acudíamos a ella siempre que lo necesitábamos en busca de consejo, orientación, consuelo, etc. Ella siempre nos lo daba y nos comunicaba su paz.
 
      En todo el tiempo que he sido Supriora, no ha ocurrido nunca que la M. Concepción directa o indirectamente me hiciese notar que ya le había dado aquel oficio de tabla la semana anterior. Sí que ocurrió por el contrario varias veces que venía a 'reclamar' cuando, tocándole un oficio que suponía mortificación, se me había pasado por alto y no se lo había asignado"
 
M. E. M. de la E.
 
 
 
         
 
 
        'La M. Concepción era caritativa, condescendiente cuando se trataba de caridad con todas nosotras y con nuestros familiares.
 
        Fiel cmplidora de nuestra Regla y Constituciones sin mitigación hasta la muerte.
 
        Siempre se sentaba en el suelo: en el coro y en su celda, en la recreación. También en la clínica cuando me operaron, ella permanecía en la habitación sentada en el suelo cosiendo escapularios, aunque viniesen toda clase de personas: médicos, enfermeras y demás. Quedando todos edificados.
 
        Todas nosotras cuando íbamos a hablar con ella de apuros propios o necesidades de nuestras familias quedábamos consoladas. 
 
        Es la persona más veraz que he conocido. Su mortificación era muy verdadera.
 
        Tenía serenidad de carácter. Cuando me tenía que corregir me advertía con mansedumbre. Era muy comprensiva'.
 
 
Fdo. Mª Magdalena del Sdo. Corazón y consolación. (+ Pascua 2008)